• Estrellas blaugranas

    1958: Jordi Bonareu

    El pivot que no necesitaba centímetros

    Jordi Bonareu llegó al FC Barcelona en la temporada 1958-59. Aterrizó en el Barça y simultáneamente llegó Nino Buscató. Uno de Pineda, el otro de Mataró. Los dos fueron las piezas claves del ‘doblete’ blaugrana. Ganaron el mano a mano con el Madrid en la Liga después de una final impresionante con 13 victorias consecutivas y superaron al Aismalibar (50-36) en la final de Copa. «Fue un partido que se suspendió en varias ocasiones -explica Bonareu- y al final se programó cuatro días después de mi boda, que no la podía aplazar. Lo jugué después de sólo tres días de viaje de novios». El Barça tardó 22 años en volver a ganar otra vez la Liga. Y, precisamente, también con Jordi Bonareu como protagonista. Esta vez como directivo responsable de la sección. Lo fichó Josep Lluís Núñez de una forma más que rocambolesca. «Éramos vecinos de asiento en la tribuna del Camp Nou y veíamos juntos los partidos de fútbol -explica Bonareu-, habíamos hablado de baloncesto y él conocía mis ideas. Un día, cuando ya había ganado las elecciones, me dijo Antón Parera que el presidente quería reunirse conmigo. Me propuso hacerme cargo del baloncesto y le dije que le iba a crear complicaciones, que no quería que mandaran ninguno de los directivos que entonces se encargaban de las secciones y que habría revolución en el equipo. Me dio carta blanca y comenzó un proyecto de tres años… aunque no se necesitó tanto tiempo para volver a ganar el título. El presupuesto era de 60 millones de pesetas». Fue en la temporada 80-81 con Antonio Serra -fichado por Bonareu- en el banco cuando se rompió la hegemonía madridista. Un palmeo de Luis Miguel Santillana en el Palau Blaugrana cuando el Madrid parecía tenerlo todo ganado llevó al desempate y en Oviedo el Barça fue superior. Pero Bonareu lo celebró desde fuera porque la carta blanca de Núñez no fue tan blanca como se esperaba y, sin ningún vínculo económico, con una personalidad fuerte y unas ideas claras, plantó al presidente poco después de la primera victoria barcelonista en el Pabellón de la Ciudad Deportiva del Real Madrid y tras una polémica en la que Núñez impuso una vuelta de honor a la pista del Palau cuando todavía no se había ganado nada. Fue toda una desaparición del mundo del baloncesto. A Jordi Bonareu se le ha visto muy poco desde entonces en los pabellones. «Trabajé en una empresa que creé en Santo Domingo, aunque hace muchos años que digo que me jubilé», explica-.
    Pero, ¿quién fue Jordi Bonareu? Sin duda, uno de los hombres más importantes.

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    Jordi Bonareu era un jugador imparable en sus penetraciones

    «Apenas jugué seis temporadas. ¿Que por qué lo dejé tan pronto? Tenía que trabajar». Eran, claro, otros tiempos. La prehistoria del baloncesto español. Las épocas en las que unos pocos jugadores intentaban divertirse con un deporte que no les daba para ganarse la vida y, en la mayoría de los casos, ni siquiera para cuatro caprichos baratos. Jordi Bonareu era uno de ellos; sin duda el mejor anotador de entonces. El baloncesto era tan fácil para Bonareu que podía permitirse el lujo de anotar 46 de 48 tiros libres en los Juegos del Mediterráneo disputados en Barcelona en 1955 o de estar siempre por encima del 90% en las competiciones nacionales «y eso, explica, que en aquella epoca los balones y los aros eran diferentes en todas las pistas y había que adaptarse al material que quisieran ponerte los rivales».

    Jordi Bonareu fue un jugador autodidacta, hecho a base de muchas horas en una pista de cinco metros ubicada en el patio de su casa paterna, en la población barcelonesa de Mataró, cuna de muchos personajes importantes de nuestro deporte. Allí aprendió la técnica que le valió después para superar rivales muchos más fuertes y altos porque, como él mismo señala, «el baloncesto, al final, siempre es un uno contra uno». Brilló en el Mataró y en el Orillo Verde y Raimundo Saporta quiso ficharlo para el Real Madrid. Y le fichó, pero una enfermedad de su padre le obligó a regresar a Mataró. El FC Barcelona se dirigió rápidamente a él. La joya del baloncesto español del momento, el hombre que había sido el máximo anotador en los Juegos del Mediterráneo de Barcelona y que había batido el récord con 45 puntos, estaba libre y podía hacer campeón a cualquiera. La ‘leyenda Bonareu’ incluso se había universalizado cuando polemizó con los jugadores del Syracusa, el mítico equipo profesional estadounidense, campeón de la NBA que concedía 40 puntos de ventaja en sus rivales europeos. Jugó aquí cinco partidos y el segundo de ellos, que le enfrentó en Barcelona a la selección catalana reforzada por Joaquín Hernández y Antonio Díaz Miguel (victoria visitante por 65-95).

    Fue el máximo anotador de los Juegos de la Mediterrània de Barcelona y consiguió un record de anotación en un partido (45 puntos). Y que duró  años

    1958-1959 TEMPORADA-JL MTEZ-70

    Jordi Bonareu (segundo a la izquierda) formó parte del equipo del Barça que ganó la Liga 1958-59

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    1958: Jordi Bonareu

    El pivot que no necesitaba centímetros

    Ese partido permitió a Bonareu ganar una interesante apuesta, como él mismo recuerda ahora, 61 años después: «Se rieron mucho cuando les dije que con mi estatura no jugaba de base, sino de pívot, y Dolph Schayes, la gran estrella de aquel equipazo, me dijo que si era capaz de meterles 20 puntos me regalaría unas botas y un balón americano. Me hacía mucha ilusión, porque aquí no se encontraban. Yo le contesté que les marcaría 25. Anoté 28». «Los volvió locos -explica Nino Buscató- porque no sabían como marcarle; si le flotaban tiraba y las metía y si le presionaba hacía una entrada rara, tiraba por debajo y siempre era canasta o falta personal. Y como metía todos los tiros libres…»

    Su momento estelar a nivel internacional fue el 12 de febrero de 1955 jugando contra Bélgica en los Juegos del Mediterráneo de Barcelona. Ganó España (87-62) y Bonareu anotó más de la mitad de los puntos del equipo, 45, 27 de ellos en una segunda parte excepcional. Bonareu cerró aquellos Juegos Mediterráneos con 46 tiros libres anotados de 48 lanzados.
    Resulta reconfortante comprobar su lucidez con la que expresa ahora su filosofía sobre este deporte. «En los años 50 el baloncesto era más intuitivo, más habilidoso y tenía más técnica individual, porque los entrenadores daban a los jugadores un mayor margen a la iniciativa propia. El baloncesto de ahora no es espectacular. ¿Cuantos contraataques se hacen en un partido? La mayor parte del tiempo se la pasa el base botando el balón y la gente se aburre. Prefiero perder por 112-100 que por 58-56». ¿Culpables? Para Bonareu son los entrenadores. «Estoy de acuerdo con Larry Bird, que dice que el entrenador es el culpable del 85% de los partidos que se pierden». ¿Que cual sería para él el conjunto ideal? Lo tiene claro. «Un equipo de amigos, formado por cinco jugadores de categoría, según el nivel del equipo; dos que les pudieran reemplazar y tres amigos que les ayuden en los entrenamientos y que creen buen ambiente en los viajes». «Es importante -añade- que el entrenador no le quite la personalidad al jugador, que es lo contrario a lo que está sucediendo últimamente. Si antes con un sólo entrenador ya nos creaba dolor de cabeza, me asusto ahora al pensar que puede suceder cuando veo en el banco más personas de calle que jugadores. Los entrenadores no entienden, por ejemplo, que el pívot debe ser el segundo jugador del equipo en leer el juego, no un poste como es ahora». Su lejanía de los pabellones no significa una renuncia al baloncesto. Jordi Bonareu sigue llevando el gusanillo en la sangre y hace unos pocos años todavía era capaz de quitarse la americana en Santo Domingo y anotar delante de un director de banco que le acompañaba y los chavales que estaban jugando en una pista callejera los suficientes tiros libres como para dejarlos con la boca abierta. «La mecánica de tiro no se olvida ni a los 80 años, lo que sucede es que ahora no hay técnicos dispuestos a enseñar si no que quieren solo ganar. Si a mí me dicen que tengo que dar dos pasos y meterla, no podré, pero lanzar parado… eso no se olvida».

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